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Las ciudades más antiguas todavía habitadas

Escrito por MundoNations Editorial · 26 de junio de 2026 · 6 min de lectura

Ciudades que han visto pasar imperios enteros

Existen lugares en el mundo donde la gente ha vivido de manera ininterrumpida durante miles de años, atravesando el ascenso y la caída de imperios, religiones y civilizaciones enteras. Determinar con precisión cuál es "la" ciudad más antigua del mundo resulta metodológicamente complicado -depende de qué se entienda por ocupación "continua" y de la calidad de la evidencia arqueológica disponible-, pero un pequeño grupo de ciudades de Oriente Medio se disputa consistentemente los primeros puestos de esta curiosa competencia histórica.

Jericó: la ciudad amurallada más antigua

Jericó, situada en Cisjordania cerca del río Jordán, es frecuentemente citada como la ciudad continuamente habitada más antigua del mundo, con evidencia arqueológica de asentamiento que se remonta a unos 11,000 años, es decir, aproximadamente al año 9000 antes de nuestra era, durante el período neolítico. Los arqueólogos han encontrado en Jericó restos de murallas defensivas y una torre de piedra que datarían de hace unos 8,000 años antes de nuestra era, lo que la convertiría también en una de las primeras estructuras defensivas monumentales construidas por el ser humano.

Sin embargo, es importante aclarar que la ocupación de Jericó no ha sido perfectamente ininterrumpida en el sentido estricto: existen períodos documentados de abandono parcial a lo largo de su larguísima historia, lo que complica cualquier afirmación categórica sobre "continuidad absoluta", un matiz que los propios arqueólogos suelen señalar al discutir este tipo de rankings.

Damasco: la capital habitada más antigua

Si el criterio se restringe a ciudades que además han funcionado como capitales políticas de manera sostenida, Damasco, la capital de Siria, suele llevarse el título de capital más antigua del mundo con ocupación continua, con evidencia de asentamiento humano que se remonta a más de 11,000 años y de vida urbana organizada desde hace al menos unos 5,000 años. Damasco ha sido gobernada sucesivamente por arameos, asirios, persas, griegos, romanos, bizantinos, califatos árabes islámicos, otomanos, y finalmente por el Estado sirio moderno, atravesando así prácticamente todas las grandes civilizaciones que marcaron la historia de Oriente Medio.

La ciudad vieja de Damasco, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979, conserva estructuras como la Mezquita de los Omeyas, construida en el siglo VIII sobre los cimientos de templos previos dedicados a divinidades romanas y, antes aún, arameas, en un ejemplo elocuente de cómo distintas civilizaciones fueron superponiendo sus creencias y edificaciones sobre el mismo espacio urbano durante milenios.

Alepo: rival histórica de Damasco

Alepo, también en Siria, compite estrechamente con Damasco por el título de ciudad continuamente habitada más antigua, con evidencia de asentamiento que se remonta igualmente a varios milenios antes de nuestra era. Históricamente, Alepo funcionó como un importante centro comercial en la ruta de la seda, beneficiándose de su posición estratégica entre Mesopotamia y el Mediterráneo. La ciudad sufrió daños devastadores durante la guerra civil siria, particularmente entre 2012 y 2016, cuando buena parte de su casco histórico, incluyendo su emblemática ciudadela medieval, resultó severamente dañada por los combates, un recordatorio doloroso de que ni siquiera el patrimonio urbano milenario está a salvo de los conflictos contemporáneos.

Biblos: entre las candidatas fenicias

Biblos, en el actual Líbano, es otra de las ciudades que reclama para sí una antigüedad de ocupación continua de varios miles de años, habiendo sido un puerto comercial clave de la civilización fenicia. De hecho, el propio nombre de la Biblia deriva del griego "byblos", en referencia al papiro que se comerciaba a través de este puerto, lo que da una idea de la relevancia comercial y cultural que tuvo esta ciudad en la antigüedad mediterránea.

Atenas y Susa: otras candidatas destacadas

Atenas, en Grecia, también figura habitualmente entre las ciudades con mayor antigüedad de ocupación continua en Europa, con evidencia arqueológica de asentamiento humano que se remonta a más de 5,000 años, mucho antes del período clásico que la hizo famosa como cuna de la filosofía y la democracia occidental en el siglo V antes de nuestra era. Susa, en el actual Irán, antigua capital del Imperio elamita y posteriormente del Imperio persa aqueménida, presenta igualmente evidencia de ocupación que se remonta a varios milenios antes de nuestra era, aunque su relevancia como centro urbano ha fluctuado considerablemente a lo largo de la historia.

El caso de Anatolia: asentamientos incluso más antiguos, pero no continuos

En el territorio de la actual Turquía se han encontrado algunos de los asentamientos humanos organizados más antiguos jamás documentados, como Çatalhöyük, en Anatolia central, habitado hace unos 9,000 años, o el enigmático complejo ceremonial de Göbekli Tepe, que con más de 11,000 años de antigüedad es considerado por buena parte de los arqueólogos como el sitio de construcción monumental más antiguo conocido hasta ahora. Sin embargo, estos asentamientos fueron finalmente abandonados hace miles de años y no cuentan como ciudades de ocupación "continua" hasta el presente, a diferencia de Damasco o Alepo, que sí han mantenido población ininterrumpida hasta la actualidad. Aun así, hallazgos como estos han obligado a los historiadores a revisar varias veces las fechas que se creían establecidas sobre los orígenes de la vida urbana organizada.

¿Por qué estas ciudades sobrevivieron mientras otras desaparecieron?

Existen factores recurrentes que explican por qué ciertos asentamientos lograron mantenerse habitados durante milenios mientras civilizaciones enteras a su alrededor colapsaban o eran abandonadas. El primero es el acceso confiable a agua dulce: la mayoría de estas ciudades se ubican junto a oasis, ríos o manantiales permanentes, un recurso indispensable para sostener población de manera indefinida en las condiciones áridas o semiáridas de buena parte de Oriente Medio. Jericó, por ejemplo, debe buena parte de su longevidad a un manantial natural que ha proporcionado agua de manera prácticamente ininterrumpida durante milenios.

El segundo factor es la posición geográfica estratégica en rutas comerciales, como ocurre con Damasco y Alepo, situadas en cruces de caminos entre Mesopotamia, Anatolia, Egipto y el Mediterráneo, lo que garantizó un flujo comercial constante que sostuvo la actividad económica de estas ciudades a lo largo de los siglos, incluso cuando cambiaban los imperios que las controlaban políticamente.

El tercer factor es la capacidad de adaptación religiosa y cultural: muchas de estas ciudades lograron conservar su relevancia reconvirtiendo templos y espacios sagrados de una religión a otra -de cultos paganos antiguos al cristianismo, y posteriormente al islam, en el caso de buena parte de Oriente Medio-, en lugar de ser completamente abandonadas o destruidas durante las transiciones religiosas y políticas de la historia.

Un patrimonio frágil pese a su longevidad

Pese a haber sobrevivido literalmente miles de años, varias de estas ciudades milenarias enfrentan hoy amenazas serias derivadas de conflictos contemporáneos, como demostró dramáticamente el caso de Alepo durante la guerra civil siria, o el deterioro que ha sufrido el patrimonio arqueológico en distintas zonas de Oriente Medio por conflictos armados recientes. La UNESCO y otros organismos internacionales han impulsado en las últimas décadas programas de documentación digital y restauración para preservar, al menos en registro, el legado de estas ciudades que han sido testigos ininterrumpidos de la historia humana durante más tiempo que casi cualquier otra estructura viva creada por el ser humano.

Una lección de resiliencia urbana

Estudiar estas ciudades milenarias ofrece una perspectiva fascinante sobre la resiliencia humana: mientras imperios enteros -el asirio, el persa aqueménida, el romano, el bizantino, el otomano- se elevaron y colapsaron a lo largo de los siglos, comunidades humanas continuaron habitando los mismos espacios urbanos, adaptándose una y otra vez a nuevos gobernantes, religiones y circunstancias económicas. Esa capacidad de continuidad, más que cualquier otro factor, es quizás el verdadero secreto detrás de la supervivencia de las ciudades más antiguas del planeta.