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Por qué algunos países tienen dos capitales

Escrito por MundoNations Editorial · 29 de marzo de 2026 · 7 min de lectura

Una idea que rompe con la lógica habitual

Cuando pensamos en la capital de un país, imaginamos naturalmente una sola ciudad que concentra el gobierno, el parlamento y los tribunales supremos. Sin embargo, varios países del mundo han optado por repartir estas funciones entre distintas ciudades, ya sea por razones históricas, por equilibrios políticos internos o, simplemente, por decisiones administrativas que nunca se completaron del todo. Entender por qué existen estos casos ayuda a comprender también cómo se distribuye el poder dentro de un Estado.

Sudáfrica: tres capitales para tres poderes

El ejemplo más citado de división de capitalidad es Sudáfrica, que reparte sus funciones de gobierno entre tres ciudades distintas: Pretoria alberga el poder ejecutivo y es sede de la presidencia y de la mayoría de los ministerios; Ciudad del Cabo es la sede del parlamento y por tanto del poder legislativo; y Bloemfontein funciona como sede del poder judicial, albergando el Tribunal Supremo de Apelaciones.

Este arreglo tan particular surgió en 1910, cuando se formó la Unión Sudafricana a partir de la fusión de cuatro colonias británicas previamente separadas: la Colonia del Cabo, Natal, el Transvaal y el Estado Libre de Orange. Cada una de estas colonias tenía intereses y ciudades importantes propias, y repartir las funciones de gobierno entre distintas capitales fue la solución de compromiso adoptada para evitar que una sola región concentrara todo el poder político.

Bolivia: una capital constitucional y otra de facto

Bolivia presenta un caso distinto pero igualmente interesante: Sucre es la capital constitucional del país, reconocida como tal en su Constitución y sede del Tribunal Supremo de Justicia, mientras que La Paz alberga la sede del gobierno, el parlamento y la mayoría de las embajadas extranjeras, funcionando en la práctica como capital administrativa y política.

Este reparto se originó tras la Guerra Federal de 1899, un conflicto interno entre las élites políticas del sur del país, con centro en Sucre, y las del norte, vinculadas a La Paz y a la próspera industria minera de la plata y posteriormente el estaño. La victoria de las fuerzas paceñas terminó por trasladar de facto el centro del poder político a La Paz, aunque Sucre conservó simbólicamente su estatus constitucional como capital histórica, un tema que sigue generando debate político dentro del país hasta la actualidad.

La curiosidad de la altitud

La Paz tiene además la particularidad de ser, en muchos rankings, la capital de gobierno más alta del mundo, situada a más de 3,600 metros sobre el nivel del mar, lo que ha llevado a algunas fuentes a considerarla la "capital más alta" del planeta, aunque técnicamente Sucre es la capital constitucional reconocida por la ley boliviana.

Países Bajos: Ámsterdam versus La Haya

Un caso menos conocido pero igual de relevante es el de los Países Bajos. Ámsterdam es la capital constitucional del país, la ciudad más grande y un centro cultural y económico de primer orden, pero el gobierno, el parlamento, la mayoría de los ministerios, la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional tienen su sede en La Haya. Esta división se remonta a tradiciones históricas de la época en que la Casa de Orange-Nassau gobernaba desde La Haya, mientras Ámsterdam se consolidaba como el centro comercial y financiero del país durante el llamado Siglo de Oro neerlandés, en el siglo XVII.

Sri Lanka: una capital administrativa junto a la histórica

Sri Lanka también divide sus funciones: Colombo sigue siendo la capital comercial, financiera y de facto más reconocida internacionalmente, mientras que Sri Jayawardenepura Kotte, una ciudad cercana, fue designada capital administrativa oficial en 1985 y alberga el parlamento nacional, en un intento de descongestionar la superpoblada Colombo.

Casos de traslados de capital que generaron dualidad temporal

Algunos países han decidido trasladar completamente su capital a una nueva ciudad construida específicamente para esa función, generando por un tiempo una situación de transición. Brasil trasladó su capital de Río de Janeiro a la recién construida Brasilia en 1960, una ciudad diseñada por el urbanista Lúcio Costa y el arquitecto Oscar Niemeyer, con el objetivo explícito de impulsar el desarrollo del interior del país y alejar el centro político de la costa superpoblada. Río de Janeiro conservó, sin embargo, buena parte de su relevancia cultural y económica.

De manera similar, Indonesia decidió en 2019 trasladar su capital de Yakarta, afectada por congestión extrema y hundimiento del terreno, a una nueva ciudad llamada Nusantara, en la isla de Borneo, un proceso que hacia mediados de la década de 2020 seguía en construcción y desarrollo gradual, mientras Yakarta continuaba funcionando como centro financiero y comercial del país.

¿Por qué optar por repartir la capitalidad?

Existen varias razones recurrentes detrás de estos arreglos. La primera es el equilibrio político entre regiones históricamente rivales o con identidades fuertes, como en el caso sudafricano o boliviano, donde concentrar todo el poder en una sola ciudad podría profundizar tensiones territoriales preexistentes. La segunda es la tradición histórica, como ocurre en los Países Bajos, donde la división entre capital constitucional y sede de gobierno simplemente se mantuvo desde siglos atrás sin que existiera una razón práctica urgente para unificarla. La tercera es la necesidad administrativa de descongestionar megaciudades saturadas, como en los casos de Sri Lanka e Indonesia.

Una solución práctica a un problema político

Repartir las funciones de capitalidad entre varias ciudades puede parecer, a primera vista, una solución poco práctica que complica la administración estatal, pero en muchos casos ha funcionado precisamente como una válvula de escape a tensiones regionales que, de haberse concentrado todo el poder en una sola ciudad, podrían haber generado conflictos internos más profundos. Estos ejemplos recuerdan que el mapa político de un país no siempre responde a la lógica más simple, sino a compromisos históricos que, aunque a veces parezcan curiosidades administrativas, reflejan negociaciones de poder muy reales entre regiones, grupos económicos y tradiciones políticas distintas.

Otros ejemplos menos conocidos

Malasia ofrece otro caso interesante: Kuala Lumpur sigue siendo la capital oficial del país y sede de su monarquía y de gran parte de su vida comercial, pero desde finales de los años noventa el gobierno federal trasladó buena parte de sus ministerios y funciones administrativas a Putrajaya, una ciudad planificada construida específicamente para alojar al aparato burocrático estatal a unos 25 kilómetros de la capital original, replicando en cierta forma la lógica que llevó a Brasil a construir Brasilia décadas antes, aunque en este caso sin desplazar completamente el estatus simbólico de Kuala Lumpur.

Chile, por su parte, mantiene a Santiago como capital y sede del poder ejecutivo, pero desde 1990 trasladó el Congreso Nacional a la ciudad portuaria de Valparaíso, una decisión adoptada durante la transición democrática posterior a la dictadura de Augusto Pinochet, que buscaba precisamente evitar la concentración excesiva de poder político en una sola ciudad, aunque en la práctica esta separación ha generado también críticas por la ineficiencia logística que supone para los legisladores desplazarse regularmente entre ambas ciudades.

Cuando la capitalidad se convierte en tema de disputa nacional

En algunos países, la ubicación de la capital sigue siendo motivo de debate político activo. En Bolivia, sectores políticos de Sucre han reclamado periódicamente el retorno completo de las funciones de gobierno a la capital constitucional, argumentando que la centralización del poder en La Paz perpetúa un desequilibrio regional que se remonta a la Guerra Federal de 1899. Estos debates recuerdan que la elección de una capital no es un asunto meramente protocolar, sino una decisión con consecuencias económicas y simbólicas de largo plazo: la ciudad que alberga los ministerios, las embajadas y el parlamento suele concentrar también inversión, empleo calificado y proyección internacional, mientras que las ciudades que pierden esas funciones -o que nunca terminan de recuperarlas plenamente- arrastran durante generaciones una sensación de postergación relativa frente al centro político del país.