MMundoNations

Por qué existen países dentro de otros países

Escrito por MundoNations Editorial · 8 de mayo de 2026 · 7 min de lectura

Naciones dentro de naciones

En el mapa político mundial existen tres casos de países soberanos completamente rodeados por el territorio de un único vecino: San Marino y la Ciudad del Vaticano, ambos enclavados enteramente dentro de Italia, y Lesoto, rodeado por completo por Sudáfrica. A estos se suma un caso distinto pero relacionado: el de Mónaco, que aunque tiene una pequeña costa mediterránea, está prácticamente encerrado por Francia en sus otros límites terrestres. Estos "países dentro de países", técnicamente llamados enclaves, plantean una pregunta obvia: ¿por qué nunca fueron simplemente absorbidos por el país que los rodea?

San Marino: la república más antigua del mundo

San Marino se proclama a sí mismo como la república soberana más antigua todavía existente, con un origen que la tradición sitúa en el año 301, cuando un cantero cristiano llamado Marino se refugió en el monte Titano huyendo de la persecución religiosa del Imperio romano. A lo largo de los siglos, San Marino logró mantener su independencia gracias a una combinación de aislamiento geográfico en terreno montañoso de difícil acceso, y a una hábil diplomacia que le permitió sortear las numerosas guerras y unificaciones que sacudieron la península itálica, incluyendo el proceso de unificación de Italia en el siglo XIX liderado por figuras como Giuseppe Garibaldi, quien de hecho respetó la soberanía sanmarinense en reconocimiento a la protección que la pequeña república le había ofrecido durante sus campañas.

Italia, ya consolidada como Estado unificado desde 1861, optó por reconocer formalmente la independencia de San Marino en lugar de anexarlo, un gesto que respondía tanto a la larga tradición histórica del enclave como a la ausencia de un interés estratégico o económico significativo en absorber un territorio tan pequeño -apenas 61 kilómetros cuadrados- y con una población reducida.

Ciudad del Vaticano: soberanía religiosa negociada

El caso del Vaticano es distinto: no se trata de una supervivencia histórica ininterrumpida, sino de un acuerdo político específico. Los Estados Pontificios, que durante siglos gobernaron buena parte del centro de Italia bajo autoridad papal, fueron absorbidos por el reino de Italia durante el proceso de unificación, culminando con la toma de Roma en 1870. Durante casi sesenta años, la relación entre el papado y el Estado italiano permaneció sin resolver formalmente, en lo que se conoció como la "cuestión romana".

La solución llegó en 1929, cuando el papa Pío XI y el gobierno de Benito Mussolini firmaron los Pactos de Letrán, que reconocieron la soberanía plena del Vaticano sobre un territorio mínimo alrededor de la Basílica de San Pedro, a cambio de que la Santa Sede renunciara formalmente a cualquier reclamo sobre el resto de los antiguos Estados Pontificios. Esta solución permitió a Italia consolidar su unidad territorial mientras preservaba, en un espacio simbólico reducido, la soberanía de la Iglesia Católica.

Lesoto: una monarquía que resistió el avance colonial

Lesoto representa un caso completamente distinto, en el corazón del sur de África. Durante el siglo XIX, el rey Moshoeshoe I unificó a distintos clanes locales frente al avance de colonos bóers que buscaban expandir su territorio agrícola hacia las tierras altas que hoy conforman Lesoto. Ante la presión constante, Moshoeshoe solicitó la protección de la Corona británica en 1868, convirtiendo el territorio en el protectorado de Basutolandia.

Esta decisión resultó crucial: cuando la Unión Sudafricana se formó en 1910 agrupando a las colonias británicas circundantes, Basutolandia -junto con Suazilandia, hoy Esuatini, y Botsuana- permaneció bajo administración británica directa en lugar de integrarse a Sudáfrica, en buena medida debido a la oposición de sus propios líderes tradicionales a quedar bajo el régimen segregacionista sudafricano que ya comenzaba a perfilarse en ese período. Lesoto alcanzó su independencia plena como reino soberano en 1966, manteniendo desde entonces su condición de enclave completo dentro del territorio sudafricano, aunque profundamente dependiente de su vecino en términos económicos y laborales, con buena parte de su población trabajando históricamente en las minas sudafricanas.

¿Por qué no fueron absorbidos?

Existen razones recurrentes que explican la persistencia de estos enclaves. Primero, un valor simbólico o histórico que el país circundante prefiere respetar antes que asumir el costo político y diplomático de anexar por la fuerza a un vecino pequeño, como ocurrió con San Marino y el Vaticano frente a Italia. Segundo, acuerdos de protección internacional previos a la formación del Estado circundante, como en el caso de Lesoto, cuya condición de protectorado británico independiente quedó fijada antes de que Sudáfrica se consolidara como nación unificada. Y tercero, la ausencia de un incentivo económico o estratégico suficientemente fuerte como para justificar una anexión, dado el tamaño reducido de estos territorios.

Enclaves menores y casos particulares

Existen también enclaves de menor escala dentro de países, sin llegar a constituir naciones soberanas completas, como Büsingen am Hochrhein, un pueblo alemán completamente rodeado por territorio suizo, o Campione d'Italia, un municipio italiano enclavado dentro de Suiza. Estos casos, aunque no son países independientes, ilustran el mismo fenómeno geográfico a menor escala: fronteras históricas que, por tratados específicos, nunca terminaron de ajustarse a la lógica territorial de sus vecinos.

Una lección sobre la persistencia de la historia

Estos enclaves soberanos demuestran que el mapa político no siempre responde a una lógica de eficiencia territorial. San Marino, el Vaticano y Lesoto sobreviven precisamente porque, en distintos momentos históricos, resultó más conveniente -diplomática, simbólica o políticamente- para el país circundante respetar su independencia que forzar su anexión. Son recordatorios vivos de que las fronteras que damos por sentadas hoy son, en realidad, el resultado de negociaciones, tratados y decisiones específicas tomadas por personas concretas en momentos históricos particulares, y no un orden natural o inevitable del territorio.

La dependencia económica como precio de la soberanía

Ser un enclave soberano no implica, en la práctica, funcionar de manera completamente autónoma respecto al país que lo rodea. Lesoto es quizás el caso más extremo: buena parte de su economía depende históricamente de las remesas de trabajadores lesothenses empleados en las minas de oro y diamantes sudafricanas, además de un acuerdo de unión aduanera regional -la Unión Aduanera del África Austral, la más antigua del mundo en su tipo, con antecedentes que se remontan a 1889- que le garantiza una porción de los ingresos arancelarios recaudados a nivel regional. El país también depende casi por completo de Sudáfrica para su suministro eléctrico y buena parte de sus importaciones de alimentos, aunque a cambio exporta a su vecino un recurso estratégico: el agua de sus tierras altas, gestionada mediante represas construidas específicamente para abastecer a la industrializada región sudafricana de Gauteng.

San Marino, por su parte, mantiene una unión aduanera de facto con Italia desde hace décadas, utiliza el euro pese a no ser miembro de la Unión Europea, y su economía depende en gran medida de las relaciones comerciales privilegiadas negociadas con Roma a lo largo del tiempo. El Vaticano, por su condición particular, ni siquiera cuenta con producción agrícola o industrial propia significativa, dependiendo enteramente de Italia para el suministro eléctrico, de agua y de la mayoría de los bienes de consumo cotidiano de sus residentes y de los miles de empleados que trabajan allí a diario sin necesariamente residir dentro de sus límites.

Enclaves que no llegaron a ser países

Vale la pena distinguir estos tres casos de otras situaciones históricas similares que no terminaron consolidándose como naciones soberanas plenas. Mónaco, aunque cuenta con una pequeña salida al mar Mediterráneo y por tanto no es técnicamente un enclave completo, comparte con San Marino y el Vaticano la lógica de haber preservado su soberanía gracias a acuerdos históricos específicos con Francia en lugar de haber sido absorbido durante los procesos de unificación y consolidación territorial europeos de los siglos XIX y XX. Otros territorios con aspiraciones similares de autonomía dentro de fronteras ajenas, en cambio, no lograron el mismo reconocimiento internacional pleno, quedando como regiones autónomas dentro de un Estado mayor en lugar de países independientes reconocidos por Naciones Unidas.